
ALENDA nació del dolor, pero también de la necesidad de encontrar un lugar donde poder estar.
¿Por qué nació ALENDA?
Hay heridas que cambian la vida para siempre.
Cuando un hijo fallece, el mundo se detiene. Todo aquello que parecía seguro deja de serlo y comienza un camino para el que nadie nos prepara.
Quienes hemos vivido esa pérdida sabemos que el dolor no desaparece porque pasen los días, los meses o los años. Aprendemos a convivir con él, a darle un lugar y, poco a poco, a seguir caminando.
Sin embargo, en ese camino descubrimos algo que se repite una y otra vez: la inmensa necesidad de encontrarnos con personas que realmente comprendan lo que estamos viviendo.
No para recibir respuestas.
No para escuchar frases hechas.
Simplemente para sentir que no estamos solos
Así nació ALENDA.
No como un proyecto, sino como una necesidad compartida.
La necesidad de crear un espacio donde madres y padres que han perdido un hijo pudieran reunirse sin miedo a mostrar su dolor, compartir su historia, recordar a sus hijos con libertad y sentirse acogidos por personas que hablan el mismo lenguaje del corazón.
Creemos profundamente que nadie puede recorrer este camino por otra persona.
Pero sí podemos acompañarnos.
Porque cuando alguien camina a nuestro lado, el peso del dolor cambia.
No desaparece, pero deja de sostenerse en soledad.
ALENDA es un lugar donde cada historia importa.
Donde cada hijo sigue teniendo un nombre.
Donde cada lágrima tiene espacio.
Y donde también hay lugar para la esperanza.
No porque olvidemos.
Sino porque aprendemos a seguir caminando llevando siempre con nosotros el amor que nunca desaparece.
Ese es el sentido de nuestro lema:
Acompañarnos para seguir caminando.
Cómo comenzó todo
Todo comenzó gracias al Dr. Juan José López Martínez.
Fue él quien reunió durante un fin de semana a un pequeño grupo de madres y padres que habíamos perdido a nuestros hijos. Muchos no nos conocíamos. Cada uno llegaba con su propia historia, con su dolor y con la incertidumbre de encontrarse con personas que estaban viviendo una experiencia tan difícil como la nuestra.
Aquel encuentro cambió algo en todos nosotros.
Compartimos nuestras historias, nuestros miedos y nuestros recuerdos. Pero, sobre todo, descubrimos algo que ninguno esperaba: había personas que podían comprendernos sin necesidad de dar explicaciones.
Con el paso de las horas empezamos a sentir que no hacía falta hablar para saber cómo estaba el otro.
Bastaba con mirarnos a los ojos.
En aquellas miradas había comprensión, respeto y un dolor compartido que no necesitaba traducirse en palabras.
Fue entonces cuando entendimos que el acompañamiento más profundo nace, muchas veces, del simple hecho de estar presentes.
A partir de aquel fin de semana seguimos reuniéndonos. Lo que comenzó como un grupo de personas unidas por una misma pérdida fue transformándose, poco a poco, en una familia elegida por el corazón.
Con el tiempo nació un deseo común: que ninguna madre ni ningún padre que perdiera un hijo tuviera que recorrer ese camino en soledad.
Así empezó a tomar forma lo que hoy es ALENDA.
«Porque cuando el dolor encuentra compañía, comienza a abrirse paso la esperanza.
Aquel encuentro cambió nuestras vidas. Hoy queremos que también pueda cambiar la de otras familias.